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sábado, 3 de abril de 2010

Érase una vez una chica con nombre de teorema


Me han hablado de tí, me han contado que la vida te ha hecho fuerte pero yo te veo pequeña entre mis brazos esta noche. Me contaron también que si se acercan mucho a tí pueden oir música fluyendo por tus venas. ¿Podré escucharlo yo también? Voy a probar… La banda sonora de tú vida se compone del lamento de un piano sobre el que se han apoyado demasiadas copas de whisky sin hielo, muchos vestidos negros de mujer. A veces se me antoja ser uno de los espejos en los que te miras para enfrentarme a los lagos que habitan en tus ojos, bucear en ellos y darme cuenta de que son una frontera infranqueable. Dicen que se aprende más de tí escuchándote, que te gusta darte poco a poco, dosificarte. Eres esa onza de chocolate negro bien amargo al final del día, un poco de placer insano en su justa medida. Te han visto en azoteas de bares que no duermen. Eres también ese gato negro huidizo que de vez en cuando se cuela entre mis tobillos y se deja acariciar. Un gato que sueña con su buhardilla personal con vistas a la Latina, a Gran Vía o Fuencarral. No podrías estar mejor en otro sitio que en ésta, la verdadera ciudad de los gatos. Has nacido en un lugar al que no perteneces, yo sé que tienes alma de asfalto y de trenes suburbanos, que gustosa cambiarías tus estrellas por mis farolas. Y dicen las malas lenguas que el destino nos viene dado y todo está ya escrito, pero sé bien que tú, precisamente tú, puedes escribir recto en los renglones torcidos de tu cuaderno, coger un tren y volar a 300km/h hacia el lugar al que, si quieres, puedes pertenecer. Las orillas del Manzanares se pelearán por sentir tu olor dulce, tu piel contra su arena.