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domingo, 19 de septiembre de 2010

La chica de la habitación de al lado.


Me la encontré en la ducha, sentada en aquel minúsculo espacio de porcelana intentando amoldarse a la esquina, con las piernas encogidas y el pelo negro cayéndole como una cortina por delante de la cara. Estaba toda empapada de aquella agua que bañaba su piel a no menos de 40 grados, el vapor del habitáculo que teníamos por baño era casi irrespirable. No pude evitar fijarme en su cuerpo, huesudo y pálido a morir, poblado de ronchas rojas debido a la temperatura. Ella no se había dado cuenta de que yo estaba allí, mirándola sin hacer nada por sacarla de ese llanto que recordaba a un piano desafinado. Así que salí del baño y después, del piso que compartíamos con otras dos compañeras de facultad.  Según bajaba las escaleras de nuestro roñoso portal caí en la cuenta de que me acababa de enamorar de ella, sí. De aquella imagen indefensa y terriblemente frágil. Y supe también que desde ese momento, estábamos las dos perdidas.