Me estoy fumando un porro sentada sola en un banco de Gran Via, direis: qué triste, fumar maría solo es una mierda. Pero es que no estoy sola, enfrente, sentada en la puerta de un portal antiguo (así estilo siglo XIX) tengo sentada a Margot, una chica que vive en el tercero. Todos los viernes me siento en este mismo banco y veo su silueta a través de sus cortinas rojas. Veo como se despeina con los dedos y se pinta los labios frente al espejo. Después baja las escaleras corriendo, sieeempre corriendo (oigo sus tacones de vértigo pisando fuerte) y abre la puerta, sacando la cabeza primero y dando un gran sorbo del aire contaminado de Madrid.
El mechero le asoma del bolsillo de la chaqueta pero siempre me pide fuego, creo que le caigo bien. Se vuelve a sentar en la puerta, con su cigarro entre los dedos de uñas con laca negra ya desconchada y espera. Nunca me he quedado a ver a quién espera, me daría rabia ver que se va con un cachas o con un heavy de pelo largo y desaliñado. Yo quiero que se venga conmigo a esnifarnos la noche. Pero hoy me he quedado, la curiosidad me ha podido qué quereis que os diga.
Y según le daba el último tiro al canuto ha aparecido: una pelirroja con el pelo hasta la cintura, una falda muy corta y una lengua muy larga, de eso estoy segura. He oido que se llama Anette. ¿Serán francesas? Seguro, son demasiado guapas las dos, demasiado putas. Mirad sus piernas, parecen kilométricas enfundadas en esos leggins de latex negro. Y sus ojos... mirando sus ojos me entra sed de cerveza a morro, de botellín. Se saludan con un pico y se van, moviendose como gatas callejeras, como lo que son. Me encantaría ser como ellas. Pero ser una Margot, ser una Anette, no es fácil. Ellas lo saben mejor que nadie. El viernes que viene a lo mejor las sigo y os cuento donde se emborrachan. Me muero de ganas.





