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martes, 9 de marzo de 2010
Mañanas perras
Lo peor no son las noches, lo peor para Martina son las mañanas. Levantarse en una cama enorme y vacía, vacía de amor y de sí misma. Ya solo hay pena y el olor a él se esfumó. Qué fue de las noches abrazados y las mañanas de "te escribo algo en la espalda y adivinas qué es ¿vale?". ¿Dónde están los besos que le debe? Who knows... Echa de menos el bote de nenuco en la estantería del baño y bueno, ni qué decir tiene que se levanta con su nombre en la cabeza, como una letanía, un rezo a un Dios que no existe.
martes, 23 de febrero de 2010
Un par de abrazos y un colacao calentito
-Me duele todo el cuerpo...
-¿Por qué no te tomas un gelocatil?
-Ya lo he hecho.
-Pues ya está, espera a que te haga efecto.
-¿Y para el corazón qué me puedo tomar?
-Para eso todavía no han inventado nada Martina, pero yo creo que un par de abrazos y un colacao calentito pueden ayudar. Y si además le añadimos una dosis de "Mi vida sin mi" y un montón de clinex, nos sentiremos mejor las dos. ¿Qué te parece?
-Enciende el DVD y yo voy a calentar la leche.
-¿Por qué no te tomas un gelocatil?
-Ya lo he hecho.
-Pues ya está, espera a que te haga efecto.
-¿Y para el corazón qué me puedo tomar?
-Para eso todavía no han inventado nada Martina, pero yo creo que un par de abrazos y un colacao calentito pueden ayudar. Y si además le añadimos una dosis de "Mi vida sin mi" y un montón de clinex, nos sentiremos mejor las dos. ¿Qué te parece?
-Enciende el DVD y yo voy a calentar la leche.
martes, 5 de enero de 2010
Martina II
Segunda y última parte del relato. Quizá os deje un amargo sabor, pero mi intención no era esa. Solo es una historia más que podría haber pasado así, o no. Gracias por los comentarios :)
Todas estas cosas no vienen a cuento…si ya lo se joder, pero si no lo escribo me da la impresión de estar dejando todo lo que fuimos en el olvido, y no soporto esa sensación. La verdad es que cuando recogí tu carta del buzón estaba pensando en una de aquellas veces en las que el sexo era desgarrador. En una de esas veces en las que sentía tu cuerpo sobre el mío y yo me sentía como la arena de la playa que recibe las olas temerosa y temblando de miedo, miedo a ser arrastrada por tu corriente tan adentro que luego no pudiese salir. Y así era, luego no podía salir de ese remolino que es tu cama. Admite que tú tampoco.
Pero lo que nunca, nunca se me va a olvidar, va a ser la forma en que me dejaste. Esa última carta fue como una puñalada. Una puñalada que yo no ví venir porque solo pensaba en lo perfecto que resultaba el mundo cuando estabamos juntos. Decía así:
“Querida Martina” (Muy formal ¡si señor! Pero una carta no es un buena forma de dejar a alguien, es cobarde amigo mio)
“Tendría que contarte tantas cosas para justificar esta carta…Pero no lo voy a hacer, intentaré ser breve para que el dolor sea menor (¿Tú crees que por breve me causaste menos daño?) ¿Recuerdas la guitarra vieja que encontraste en el sótano un día que bajamos a buscar unas cosas? (Maldita guitarra… Se convirtió en el detonante de esta minicatástrofe que es ahora mi vida) Estaba abandonada en el sótano porque fue un regalo de la primera mujer a la que quise, para ser sinceros, a la que más quise (Joder, gracias por decirme que la quisite más que a mi, muy honesto por tu parte). Ella cogió mi corazón y lo tiró a la trituradora cuando se cansó de él (Me resulta familiar esa situación). A lo que voy, no se si te acordarás de un día que iba a ir a buscarte al curro pero al final no fui y te puse de excusa que me habían encargado a última hora hacer el inventario(claro, y ahí podía estar yo pensando que pobrecitos: tú sin haber venido y yo echándote de menos), en realidad lo que pasó fue lo siguiente: mientras me tomaba un café en el Starbucks de enfrente de tu tienda me encontré con Ella, la de la guitarra y… joder, fue como una patada en el estómago. Empezamos a hablar, a recordar viejos tiempos y… bueno cielo, el resto te lo puedes imaginar (A esto es que no se ni qué decirte mi niño: te volverá a dejar tirado, sin más recuerdo que su olor. Yo lo se, y tú lo sabes también. Luego no me vengas llorando). Si no te he cogido el teléfono es porque no puedo decirte todo esto en voz alta, no puedo… Y ahora que te dejo, se que te voy a echar en falta muchisimo, pero se me pasará, y a ti también Martina, a ti también. Aunque ahora creas que no y que no volverás a enamorarte y todas esas mierdas que uno piensa cuando le dejan. Te quiero Rizos, de alguna forma aun te quiero, que no se te olvide”. (Para mi esta carta lo que no era es una forma elegante de dejarme, era tan, tan cobarde…).
Han pasado 913 días desde que recibí estas letras y te voy a contar un secreto: a mi me cuesta olvidar pero lo estoy haciendo, a mi ritmo.
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lunes, 4 de enero de 2010
Martina
Hoy algo más largo que de costumbre. Escribí este relato para un concurso que consistía en escribir un relato de entre 1 y 5 páginas a Word que contuviera todo el tracklist del disco "día 913" de Zahara. Las palabras en negrita son los títulos, era difícil colocar algunos. Espero que os guste. Os dejo una parte, iré colgando el resto estos días.
Martina
Martina
Nos enviamos miles de cartas entrelazadas. Aun recuerdo la primera, que fue tímida y, mientras la leía, noté como tus letras se iban sonrojando. Siempre las leía dos veces: una mentalmente para sentirte dentro y otra en voz alta, porque me gustaba imitar el tono de voz que yo pensaba que tendrías al decirme aquellas cosas. Nos he imaginado mil veces comiendo sugus de colores sentados en ese banco que está enfrente de mi portal, ya sabes cual. Contigo hice todas esas cosas que uno ve en las películas de Isabel Coixet y que cree que nunca le pasarán en la vida… Pues ya lo ves, si que pasan. Qué pena que nadie estuviera filmando.
Cuando pienso en ti, (lo cual hago unas 248 veces al día aproximadamente) me vienen a la cabeza todas las secuencias, todas las escenas, cada uno de los planos de la que fue nuestra historia. La que proyecto más veces es esa en la que sacaste la polaroid un dia que estábamos en el Retiro mientras me decías: “Sonría”, me pillaste desprevenida con la boca abierta y los ojos medio cerrados. ¿Te acuerdas de cómo nos reimos? No parabas de mirar la foto diciendo lo graciosa que salía y yo no paraba de decirte que la tirases al lago para que se la comiesen los patos. Bueno…igual no, igual no te acuerdas. Pero es por eso por lo que te escribo esta última carta, para no quedarme con las ganas de saber si me vas a recordar o no. Así se que lo harás aunque solo sea mientras la lees. Porque tengo la certeza de que la leerás, tú siempre has sido de esa gente a la que le puede la incertidumbre. Luego, justo después de esa, me viene a la cabeza así como quien no quiere la cosa aquella otra vez, aquel otro día en el que bajamos a tu trastero a buscar una lata algo oxidada de galletas de mantequilla donde guardabas fotos de cuando eras pequeño, y descubrí una guitarra vieja abandonada en un rincón. Tenía tu nombre escrito por detrás con letra de mujer (ya sabes, las mujeres escribimos como más redondito). La cogí entre mi manos con cuidado porque parecía que iba a romperse a trozos por aguantar el peso de una gran historia sobre sus hombros.
-¿Tocas la guitarra?-te dije.
-Tocaba.
-¿Por qué nunca me lo has dicho? ¿por qué ya no tocas?
-Pues porque hace mucho que no bajaba aquí y ni me acordaba de la guitarra.
Pero yo supe que si te acordabas de ella, quizá cada día. Lo vi en tu cara triste y nostálgica, una cara que no te había visto nunca. Casi te obligué a que subieras la guitarra a tu habitación y tocases para mi. Y lo hiciste, vaya si lo hiciste… y ¿sabes qué? Deseé que no lo hubieras hecho porque aquella guitarra sonaba a corazón roto, a mentiras y a primer amor. Hoy se que no iba muy desencaminada. ¿Por qué nunca me lo contaste mientras estubimos juntos? Después de esa canción te pedí que me contaras un cuento. No podía irme a dormir con aquel sonido desafinado y lacrimoso. Y me contaste el mejor de todos los cuentos que he oído hasta hoy: el nuestro. Me contaste que érase una vez una chica pelirroja y con la cara llena de pecas estaba sentada en la biblioteca con sus gafas de pasta y sus rizos semirecogidos en una coleta mal hecha, y érase una vez un chico con los ojos cansados de llorar y las manos rotas de haber dejado de amar a otra piel. Y érase una vez sus dos historias se mezclaron convirtiéndose en una sola, me contaste como amabas cada uno de mis defectos y de mis errores y yo amaba los tuyos, que los motivos por los que me querías eran los mismos por lo que a veces me odiabas, que te encantaba despertar con fruición, tan pegado a mi que resultabamos siameses a los ojos de tus cortinas azul cielo. Que eramos dos tontos soñadores que se imaginaban a si mismos en un descapotable color crema recorriendo carreteras secundarias escuchando a Oasis y su wonderwall, cantando la letra al unísono y aguantándonos las ganas de parar en la cuneta y montárnoslo en el asiento de atrás.
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